
JUAN JOSÉ CHUQUISENGO Y LA MÚSICA INTERIOR
De un piano comprado en remate a los grandes escenarios del mundo, la historia de Juan José Chuquisengo no es solo la de un intérprete brillante. Es la de un artista que eligió el camino más difícil, buscar una voz propia.
Hay historias que empiezan con una herencia, una tradición familiar o una formación cuidadosamente planificada. La de Juan José Chuquisengo empezó de otra manera: con un piano comprado en un remate, cuando tenía siete años, y con un niño que aprendió a tocar de oído lo que escuchaba en la radio.
No venía de una familia vinculada a la música clásica. No creció rodeado de conservatorios ni de partituras solemnes. Su primer contacto con el piano fue intuitivo, casi accidental, pero decisivo. Años después, ese niño peruano terminaría presentándose en más de 50 países, grabando para Sony Classical, siendo reconocido por el Kennedy Center for the Performing Arts y llevando su música a algunas de las salas más importantes del mundo.
Pero reducir su historia a una lista de logros sería quedarse corto. Juan José Chuquisengo no parece interesado en la música como vitrina, sino como búsqueda. En su trayectoria conviven el rigor del concertista clásico, la exploración de la improvisación, la composición, la filosofía, las artes marciales y una idea central: la música no es solo sonido, también es conciencia.
“Mi primer maestro fue el oído”
¿Cómo empieza su relación con la música?
Empieza antes de cualquier método. Antes de una academia, antes de una técnica, estuvo el oído. El piano llegó a mi vida cuando era niño, casi como una aparición inesperada. Mi padre consiguió uno en un remate, y desde ahí empecé a explorar. Tocaba lo que escuchaba, buscaba sonidos, repetía melodías. No sabía que estaba entrando a un mundo enorme, pero sí sentía que algo se abría.
¿Ese origen autodidacta marcó su forma de entender la música?
Totalmente. Cuando uno empieza desde el oído, la música no se vuelve una teoría: se vuelve una experiencia. Luego llegan los estudios, la disciplina, la técnica, pero lo primero fue esa relación directa con el sonido. Creo que eso me permitió no perder nunca la pregunta esencial: ¿qué está diciendo realmente la música?
La beca que cambió el rumbo
Después de estudiar en el Conservatorio Nacional de Música, Chuquisengo viajó becado a Europa siendo muy joven. En Alemania ingresó a estudios superiores en Múnich y se convirtió en uno de los alumnos más jóvenes de su generación. A los 21 años ya había alcanzado una maestría, un logro poco común incluso en circuitos europeos altamente competitivos.
Pero el punto de quiebre no fue únicamente académico. En Europa conoció a Sergiu Celibidache, legendario director de orquesta, quien se convirtió en su maestro y mentor. Con él, Chuquisengo profundizó en una mirada distinta del arte: menos espectáculo, más escucha; menos prisa, más verdad.
¿Qué significó Celibidache en su formación?
Fue una figura determinante. No solo por su conocimiento musical, sino por su manera de enfrentar la música como fenómeno vivo. Él no enseñaba a tocar más rápido ni más fuerte. Enseñaba a escuchar. A comprender que la música no ocurre en la partitura, sino en la relación entre el sonido, el espacio, el tiempo y el ser humano.
En un momento de su carrera se alejó de los escenarios. ¿Por qué tomar esa decisión cuando muchos artistas buscan exactamente lo contrario?
Porque no quería construir una carrera vacía. Había oportunidades, claro, pero sentía que necesitaba entender mejor mi propio camino. A veces el mercado empuja al artista a producir, aparecer, competir. Yo necesitaba silencio. Necesitaba estudiar, observar, desarmar ideas y volver a empezar. Puede parecer una pausa, pero fue una etapa profundamente activa.
Más que un pianista
Juan José Chuquisengo ha sido presentado como uno de los músicos latinoamericanos de mayor trayectoria internacional. Ha tocado en salas de Europa, América y Asia; ha recibido reconocimientos internacionales; y una de sus grabaciones para Sony Classical fue considerada entre las grandes referencias de la música clásica.
Sin embargo, lo más interesante de su perfil es que no se queda encerrado en una sola etiqueta. Es pianista, sí. Pero también compositor, improvisador, docente y artista interdisciplinario. Ha estudiado filosofía y arte; ha practicado durante décadas artes marciales como karate, kung fu, tai chi y qi gong; y encuentra en esas disciplinas una conexión directa con la música.
¿Qué tienen en común el piano y las artes marciales?
Más de lo que parece. Ambas disciplinas exigen concentración, precisión, respiración, equilibrio y presencia. No se trata solo de fuerza o habilidad. Se trata de estado interior. En el piano, como en las artes marciales, el cuerpo no puede estar separado de la mente. Si uno está disperso, el sonido también se dispersa.
¿Por eso habla de la música como una experiencia integral?
Sí. La música no es decoración. No es un objeto bonito puesto frente al público. La música puede ordenar, transformar, revelar. Cuando se trabaja con honestidad, conecta dimensiones muy profundas del ser humano.
Un peruano en el mundo, sin dejar de mirar al Perú
Aunque su carrera se ha desarrollado entre Europa, Estados Unidos, Asia y América Latina, Chuquisengo mantiene un vínculo constante con el Perú. Desde los años noventa ha impulsado actividades de educación, difusión y fomento musical en instituciones culturales, universidades, colegios, conservatorios y espacios abiertos al público.
Ha ofrecido clases maestras, recitales didácticos, conferencias y talleres. Su trabajo no se limita al escenario: también busca formar públicos, acercar la música a estudiantes y defender la importancia de la educación artística.
¿Qué responsabilidad siente frente al Perú?
El Perú tiene un talento enorme, pero necesita estructuras que acompañen ese talento. La música no puede ser vista como un lujo. Es parte de la formación humana. Cuando un país descuida la educación artística, empobrece su imaginación, su sensibilidad y su capacidad de pensar de otra manera.
¿La música puede cambiar la forma en que una sociedad se mira a sí misma?
Puede abrir espacios. Puede generar escucha. Y una sociedad que aprende a escuchar ya está dando un paso importante. La música enseña atención, respeto, memoria, disciplina y libertad. No es poca cosa.
El artista que eligió la profundidad
En tiempos donde todo parece medirse por velocidad, visibilidad y números, la carrera de Juan José Chuquisengo propone otra lectura del éxito. Sus logros internacionales son contundentes, pero su mayor aporte quizá está en haber defendido una idea exigente del arte: una en la que el músico no se coloca por encima de la obra, sino al servicio de ella.
Su historia tiene algo improbable: un niño que aprende de oído en Lima, un joven becado que llega a Europa, un discípulo de Celibidache que se atreve a retirarse temporalmente de los escenarios para buscar autenticidad, un pianista peruano que graba para Sony Classical y toca en grandes salas del mundo, un maestro que vuelve una y otra vez a enseñar, compartir y provocar preguntas.
Después de tantos escenarios, ¿qué sigue buscando?
Sigo buscando lo mismo que al inicio: el sonido verdadero. No el sonido perfecto como objeto, sino aquel que aparece cuando hay correspondencia entre lo que uno es y lo que la música pide. La búsqueda no termina. Si terminara, el arte se volvería oficio sin alma.
Juan José Chuquisengo no representa solo una carrera internacional. Representa una forma de entender la música como disciplina, pensamiento y servicio. En su historia, el virtuosismo importa, pero no basta. Lo decisivo es la profundidad.
Y quizá por eso su trayectoria impacta: porque no habla únicamente de un pianista peruano que llegó lejos. Habla de alguien que entendió que llegar lejos no sirve de mucho si uno no sabe hacia dónde está yendo.

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